Reflexiones al acabar 2021

Luces de Navidad

Menudo año. No sé ni por dónde empezar ni, desde luego, cómo estructurar estas reflexiones, así que ahí van, según van saliendo, sin orden ni concierto. Seguro que me dejo mucho en el tintero, pero al menos me pongo a algo que, desde luego, debería haber hecho más en 2021: escribir.

Final de la tercera aventura americana: Un año en Boston, dos en Dallas, la fortuna de haber tenido contactos profesionales tremendamente enriquecedores, y de haber podido viajar mucho por ese país tan enorme y diverso que es EE.UU. a pesar de restricciones y confinamientos. No soy yo quién para dar consejos a casi nadie, pero aquí voy a dejar uno: de la misma forma que a los europeos nos sorprende que los norteamericanos hablen de Europa como una unidad cuando nosotros vemos grandes diferencias entre un danés y un italiano (por decir dos), no deberíamos nosotros hablar de EE.UU. como si Massachusetts fuera lo mismo que Texas, o Nueva York lo mismo que Montpellier, Vermont (por buscar dos ciudades en la misma costa).

Mi hija pequeña ha cumplido la mayoría de edad. Si hay algo que me hace sentir el paso del tiempo es ver crecer y madurar a mis hijas. Que la mayor empezara la universidad y no pudiera mudarse en 2018 a Boston con nosotros marcó un hito. Que la mediana se volviera a España el curso pasado para empezar sus estudios universitarios supuso otro punto clave. Pero la mayoría de edad de la pequeña casi coincidiendo con el final del año ciertamente marca el final de una etapa y el comienzo de otra. La que acaba la he disfrutado mucho. Para la que empieza tengo grandes expectativas.

Este año he leído mucho. Hacía muchos años que no leía tanto, desde mi adolescencia y años universitarios. Lo he incorporado a mi rutina diaria y raro es el día en el que apago la luz sin haber leído al menos media hora. He ido alternando novelas actuales con textos clásicos. El año pasado me embarqué en la aventura de releer los Episodios Nacionales de Galdós, y este año he seguido en el empeño que todo apunta a que acabará en 2022. Cuando los leí al final de mi adolescencia los disfruté, pero ahora es cuando realmente les estoy sacando partido. Me fascina ver cómo los grandes males de la sociedad española del siglo XIX siguen vivos en el siglo XXI. Hay párrafos enteros que tienen una actualidad que asusta, parecen escritos ayer.

He seguido fiel a Feedly, no tan fiel a compartir enlaces de lo que leo ahí. Tal vez porque tengo que renovar las fuentes, que ya no me dan contenido que me parezca tan interesante. Tal vez porque, total, a quién le interesa lo que comparto, si no es más que un poco de ruido en una avalancha inmanejable. Tal vez por un poco de todo.

He abandonado Facebook, mantengo Linkedin y Twitter con perfiles bastante pasivos más allá de algunos comentarios cruzados con personas con las que ya tengo una relación desde hace tiempo. Sigo, principalmente en Twitter que es donde hay más contenido no profesional, a una gran variedad de personas de todos los espectros políticos tratando de enriquecerme con todas las visiones, y me fascina y al mismo tiempo me aterra ver cómo se ha pasado de tener opiniones políticas a construir una identidad alrededor de esas tendencias, identidad que lleva a apoyar sin matices lo que dicen o hacen «los míos» y a criticar sin paliativos lo que dicen o hacen «los otros» implicando la total desaparición del sentido crítico y reforzando la necesidad de etiquetarnos y etiquetar a los demás.

Esto me ha llevado a una total desafección por la política y los políticos y el absoluto convencimiento de que esto solo tiene una solución que es independiente de los colores políticos y que en lo que yo creo es de una lógica aplastante, debería ser apoyado por cualquier ciudadano (excepto los que están beneficiándose del asunto, claro): o se cambia la forma de votar, o esto no tiene solución. Los políticos seguirán actuando con la vista puesta en el corto plazo de los votos con la certeza de que sus votantes nunca se van a plantear votar otra lista porque simplemente no es la suya.

Aunque tengo cuenta en Coinbase desde 2014, reconozco que es ahora cuando he empezado a tratar de entender de qué va todo esto de las criptomonedas (creo que no voy por mal camino, creo), y los NFT (cuya utilidad real más allá de la moda me está costando algo más entender). Si a esto le sumamos el concepto de moda: el «metaverso», ya tenemos los mimbres para uno de los asuntos que nos van a tener ocupados durante el nuevo año.

Termino y tengo la sensación de que estas reflexiones no resumen el año, ni tan siquiera arañan la superficie, pero es lo que me ha salido de forma natural, así que toca acabar, y lo quiero hacer de forma similar a como lo he venido haciendo en años anteriores:

Demos a 2022 una oportunidad para que suponga el cambio que deseamos y necesitamos. Porque necesitamos colectivamente un cambio de rumbo, no solo en lo relacionado con la pandemia del COVID19 (que no he mencionado antes deliberadamente), sino también en lo social y político. Y también en lo más cercano a cada uno, porque en el cambio está la diversión, el cambio es lo único permanente.

Feliz año. Si hay algo en mi mano que pueda ayudarte a que lo sea, cuenta conmigo.

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